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Maratón BiNacional por Fer Vilardebó



By  Pablo Di Corrado     12:25    Etiquetas:,,, 
Pasan cosas lindas, muy lindas, cuando encaramos la ruta hacia una maratón del interior.

Son distintas.
No hay decenas de miles de corredores, no están patrocinadas por ninguna marca multinacional. No son ciudades de ensueño –aunque sí adorables- que figuran en las guías turísticas. No están de moda, no son negocio de nadie, hay muchos corredores locales y gente de otras ciudades del interior (pocos porteños, cuánto se nota cuando no estamos) y –en esto son todas iguales- ¡son una fiesta!

Corrí por primera vez esta inusual carrera, que sale de un país y termina en otro, en el año 2004 cuando creía que me iba a comer los kilómetros cual galgo keniata y terminé peor que –como ahora se sabe- terminan los galgos de carrera. Hubo viento en contra y ondulaciones en el terreno que me hicieron padecer al final. Hice una performance mala. Este año, han pasado once años y creo haber aprendido algo, no obstante lo cual, sin el fuerte viento en contra, los errores y virtudes fueron casi los mismos.

Las carreras del interior tienen algo que las hace únicas. Humildes tentado estoy de decir, pero no es la palabra. Empleados no hay, es la gente del lugar que trabaja en ellas.  Voluntarios son todos. Desde el principal organizador hasta el último banderillero están ahí para ayudar a concretar un sueño que reconocen como propio. Hace once años comí la mejor Maratón Pasta Party de mi vida, una verdadera fiesta la noche anterior, no sería falso decir que fueron los mejores fideos de mi vida después de los fideos caseros de mi Abuela, pero claro ahí el listón está demasiado alto, insuperable. Este año no hubo Pasta Party, recibí la noticia con lágrimas en los ojos.
Hubo problemas con las remeras. Como el 80% de la inscripción se realizó (el pago) entre viernes y sábado temían realizar una inversión irrecuperable e hicieron menos remeras. Llegamos pasado el mediodía del sábado a Concordia, no había nadie en la Expo –se habían ido a la casa a comer-. Que vuelva a las 3 de la tarde, me sugirió el portero. Eso hicimos y al volver me dan el dorsal con el número 10 (¡finalmente sería Messi!), número habitualmente reservados para la élite. El organizador me comenta que no habrá Pasta Party (repito recordando el dolor), y que este año será record de participantes en las tres distancias, 10, 21 y 42km. Hay más de 150 inscriptos en maratón, me confirma casi sin creerlo. Hay problemas para darme la remera, quizá no alcancen. Encima una delegación de Uruguayos vino directamente a Concordia y se llevaron 45 remeras que estaban reservadas para ellos en Salto, con lo cual se quedaron –en Concordia- sin remeras; como el puente internacional está cerrado por reparaciones de Lunes a Sábado, de 8 a 18hs, solo podrán hacerlas traer después de esa hora. Están viendo si las puede cruzar en kayak uno de los corredores uruguayos. Contrabando de remeras de maratón… sí!   

Hay que estar en el Club Salto Grande a las 5:30 para que nos crucen hacia Uruguay, un colectivo y una combi, somos unos sesenta corredores. Nos bajan en la aduana, esta vez los trámites migratorios los tenemos que hacer personalmente. En el 2004 el trámite lo hacía la organización, y recuerdo, bajaron del colectivo a un corredor (o inscripto como corredor) con pedido de captura. Llegamos al Club Remeros de Salto con algo más de una hora de antelación.
Los Uruguayos comienzan a llegar con la ventaja de haber dormido cerca de la largada.
El Club, casi cerrado, comienza a abrirse. Un hombre sale de una casa vecina, en piyama y bata, se dirige hacia el vestuario. Hay WiFi, averiguo la clave, y posteo fotos en Facebook. Dos camionetas ofician de “Ropería”, bolsa blanca de plástico y fibrón para identificar el bolso de cada corredor para retirar en la llegada. “El Gauchito” aparece y todos comentan su extraño aspecto; resulta que El Gauchito suele correr vestido de gaucho y alpargatas, el chiste hoy parece ser correr disfrazado como nosotros. Gabriel Farah, un divertido cordobés (¿hay alguno que no lo sea?) del grupo Corredores de Maratón festeja su maratón número 53, y Silvio, un italiano de setenta y un años (al que perseguía Migraciones para sellarle el pasaporte, pasó como todos nosotros, pero al ser el único ajeno al Mercosur deberá tener el pasaporte sellado para salir de Uruguay) contento a punto caramelo explicando que ya corrió más de 200 maratones, 14 Nueva York, y en el próximo noviembre correrá cinco maratones más… Este es el momento perfecto, somos todo ansiedad y felicidad. Silvio habla en su italiano con palabras –que él cree son- en castellano que este es el mejor momento del mundo.
Somos algo más de cien corredores, sin público.
Por alguna razón, obvia, pierdo por primera vez en mi vida la posibilidad de ponerme en la primera línea y ser durante un metro –con suerte- puntero en la carrera.

Salimos y recorremos durante cinco kilómetros la costanera salteña (uruguaya) en un ida y vuelta. Un policía nos pregunta en el kilómetro dos si estábamos bien, por única vez no mentimos y seguimos adelante. Salimos entonces a la ruta. Algún vecino -mate en mano, termo en axila- nos saluda. El viento se las ingenia para siempre estar en contra por más curvas de demos. En el km 10 giramos, dejamos la ruta paralela al Río Uruguay y nos dirigimos hacia el Puente Internacional Salto Grande, una enorme represa hidroeléctrica. El campo uruguayo es tan bello, tan bucólico… Una chacra solitaria, lejana, con un hombre sentado junto a un lapacho florecido nos mira pasar. Lo saludo a la distancia, me retribuye. Entramos al Puente, son varios kilómetros de puente, pasamos la media maratón en dos horas, nada mal. Argentina parece ser otra cosa, es. Ya hay largas colas de autos esperando que pasemos para ellos poder pasar. Los autos uruguayos esperan con el motor apagado, los argentinos no. Empiezo a declinar mi rendimiento, esto es tan conocido como la imagen que refleja el espejo. Las rodillas me recuerdan las varias decenas de miles de kilómetros que les debo. Sigamos, cuesta. La maratón cuesta, siempre. Paso las tres horas de carrera, nuevamente en paralelo al río, pero ahora hacia el Sur, con 31km. Un potrero con arco de fútbol, chicos de no más de 8 años pateando y pateando. Uno, asombrado, comenta a los gritos, “¡Ey, mirá ese viejo como corre!”. Miré para adelante, miré para atrás, era el único corredor en ese tramo, en el campo visual del niño. Concluí, entendí, a quien se refería con ese adjetivo. Sigo riéndome con ese chico. Siguen sonando sus palabras en mi pretendido juvenil espíritu contradiciendo a mis rodillas.


 Una maratón en primavera asegura manchones multicolor de las floraciones arbóreas mirando a la distancia (otra ventaja de correr en el interior); aquí los rosados eran lapachos y los amarillos eran espinillos. El aroma de los azahares nos retrotraía irremediablemente a otra dimensión.
Calculo, luego existo, que si éramos unos 120 corredores, llevo más de tres horas de carrera. No veo nadie por delante, y cada tanto escucho acercarse a alguno que, irremediablemente, me supera hasta desaparecer hacia adelante, debo andar mal, muy mal. Esto tampoco es novedad.
Sigo. De esto se trata correr maratones.
Nunca faltan los muchachones, a la vera del camino, tomando mate y mirando para otro lado, “Flaco!” grita uno y supuse que no era yo, “corré que vas a perder la panza”, otra vez concluyo –sin necesidad de mirar adelante y atrás- a quien se referían.
Los banderilleros/aguateros que quedaban me miraban con cara de pocos amigos, tomo y tomo agua.
En algún puesto pido mate, que nunca falta. Y el cambio en la hidratación fue más que agradable.
Una corredora me supera y metros más adelante –sin tener yo nada que ver- se cae de rodillas, acalambrada. La ayudamos a estirar y a levantarse. Con la pierna sangrando sigue adelante y pronto la pierdo de vista.
Ya es tanto lo que corrí y tan poco lo que falta que me pongo contento por anticipado. Igual, la eternidad ese par de kilómetros.
Sigo.
Un joven, paseando su perro, me dice que la maratón no es por ahí. Que debería haber doblado unas cuadras más atrás. No… lágrimas caen mientras pego la vuelta, aunque al retomar el circuito escucho al locutor de la llegada y eso me pone eufórico (pero no veloz). Voy cerrando feliz, pensando en la eternidad del final y el buen rendimiento de los primeros treinta y un kilómetros. No hay magia ni batacazo en la maratón, no. Unos niños Boy Scouts me acompañan los últimos metros, Cristina corre conmigo sacándome fotos. Hago el avioncito en los últimos metros, paso el soñado arco de llegada.
Termino mi vigésima cuarta maratón.

Qué buena idea es el grupo de estudiantes de kinesiología para hacernos masajes al terminar la carrera… Qué buena idea…

Recupero mi bolsa y me entero -Whatsapp de por medio- que Los Pumas están ganándole a los All Blacks, Lautaro desde Buenos Aires y Flor desde Estocolmo comentan minuto a minuto el partido. Apuro la vuelta al hotel, un try Puma estira la diferencia a favor. Demoro la ducha gritando y viendo el partido. Cerca de los sesenta minutos (algo muy parecido a mis tres horas de maratón) Los Pumas empiezan a decaer y resulta inevitable que los de negro consigan, finalmente, lo que intentaron sin éxito desde el inicio.

En el running y en el rugby, no hay sorpresas.
El mérito, la genética, y la preparación no dan lugar a milagros.
Es así.
Acepto el razonamiento contento mientras muerdo la medalla tan real como mi orgullo.

About Pablo Di Corrado

Soy Diseñador Gráfico de la UBA y corredor amateur desde 2008. Maratonista desde Buenos Aires 2011. Me enamoré de la distancia y sueño con recorrer el mundo de maratón en maratón. Mi primer gran objetivo es correr las 6 World Marathon Majors. En 2016 entré por sorteo y corrí el Maratón de New York, en 2017 tuve la misma suerte para el Maratón de Berlín donde clasifiqué con mi tiempo para correr en 2018 en Chicago.

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