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Correr siempre te lleva de viaje. De la forma más literal, trasladándote hacia otras ciudades para correr alguna carrera, pero también de maneras sólo perceptibles para uno mismo: corriendo visitas rincones poco concurridos de tu cabeza, abrís puertas y ventanas que llevaban tiempo cerradas, y también podés viajar en el tiempo, revisitando y resignificando aspectos y lugares del pasado.

Correr es algo que me llegó después de haberme ido de Salta. Ya en Buenos Aires, la curiosidad por una movida creciente me sedujo y todavía hoy me mantiene entretenido. Por eso, fue especial esta vez hacer el viaje inverso, para debutar como corredor en mi provincia y conocer la Calchaquí Trail, una hermosa carrera que acaba de tener su segunda edición en la ciudad de Cafayate.


Calchaqui Trail

Ubicada doscientos kilómetros al sur de la ciudad de Salta, Cafayate es una ciudad de vinos, con muchas bodegas y viñedos alrededor, y el orgullo de ser la cuna de una variedad de vino: el torrontés. Durante el verano hay muchos turistas, especialmente en febrero por la Serenata a Cafayate, un festival folklórico que hace explotar al lugar.

En la plaza central de la ciudad, donde más de una vez dormí borracheras en épocas de la Serenata, esta vez el clima era diferente. Los vasos sólo tenían bebidas isotónicas y agua, y la fiesta no era musical sino deportiva. Cerca de seiscientos corredores disfrutaron las cuatro distancias que propuso Calchaquí Trail: 5, 15, 35 y 65 kilómetros.

La organización fue netamente local y estuvo a cargo del KAS, el primer running team salteño. Su fundadora Natalia Suppa, también es una salteña que nació como corredora mientras vivió en Buenos Aires. En busca de más contacto con su familia, se volvió a Salta y decidió iniciar ella misma la movida del running local, que estaba dispersa y sin fuerza.

El recorrido de la carrera permitió pasar por muchos tipos diferentes de terreno, arrancando por un par de cuadras de cemento dentro de la ciudad para inmediatamente entrar en el lecho arenoso del río Chuscha, que está seco a esta altura del año. Luego alternaron tramos áridos, con tierra seca y piedras sueltas, y tramos más silvestres, al lado de arroyos y con muchos árboles y vegetación. También hubo espacio para pasar por el medio de viñedos de distintas bodegas. Uno de los corredores de la prueba de 15k, Marcelo Córdova, es el dueño de la bodega Vasija Secreta, por donde pasaron quienes se animaron a los 35 kilómetros.

El norte salteño, instaladísimo como destino turístico, está bastante relegado en el calendario de carreras, pero esta es una excelente opción para darse la oportunidad de conocerlo de una manera distinta. Fue una experiencia nueva incluso para quienes ya fuimos muchas veces al lugar, pero de civiles y no como corredores.
Llegando ya al final de mi mes de vacaciones en la espléndida e inabarcable New York, con un acumulado de caminatas diarias que rondaba los 400 kms., habiendo corrido 3 maratones en las últimas 2 semanas, lesionado, dolorido y muy cansado, estaba más para tomarme unas vacaciones de mis vacaciones que para correr otra maratón. 



El viaje, el hospedaje y la inscripción en Filadelfia ya estaban pagos así que allá fui, hacia la gran "Philly" (como se la conoce coloquialmente) para ver si podría concluir con mi objetivo de correr 4 maratones en 4 domingos consecutivos. al llegar y tras retirar mi kit de corredor en el Convention Center, me fui con todas mis expectativas a conocer las Rocky Steps, las escalinatas del Museo del Arte donde Sylvester Stallone culmina su entrenamiento en un fragmento de la película Rocky, y no solo contemplé como cada persona que llega al lugar las escala corriendo y en la cima imita los gestos de aquel inolvidable personaje sino también el monumento que en honor al gran Balboa se levanta a pocos metros de allí. Es que en la avenida que llega a este lugar, la Benjamin Franklin, es donde se larga y concluye la prueba y a donde el domingo 22 de noviembre llegaría exactamente 1 hora antes del comienzo para transitar por mis últimos 42 kms. 

Los días previos a la carrera el mundo se había convulsionado por los atentados en París, de manera tal que la maratón fue considerada de alto riesgo y las medidas extremas de seguridad entorpecían el normal desarrollo de los momentos anteriores a la largada. Agentes del FBI y helicópteros que sobrevolaban los oscuros cielos de aquella madrugada daban marco a lo que sería una estricta revisación, persona por persona y por un único lugar, para ingresar a la zona de partida. Una hora exacta haciendo la fila hasta que por fin llegué al cacheo...¡en el preciso instante en que comenzaba la prueba! Por suerte se largaba por tandas y mi partida sería casi media hora después que los atletas de elite (en EE.UU. se toma, muy acertadamente, el tiempo neto, con lo cual, sumado a la partida por oleadas, hace que no haya que pugnar por un lugar "lo más adelante posible"). 

La maratón de Filadelfia comienza engañándote, puesto que las 2 primeras millas son planas y en un franco descanso, e inclusive las 2 millas siguientes siguen por el casco histórico y el centro sin desniveles...¡pues es el único tramo de la carrera donde uno no va a subir y bajar, el único! Tras cruzar algunos puentes, la trepada brutal de la milla 7 te posiciona en University City y de allí al famoso Zoo donde Rocky, junto a la jaula de los tigres, le dijera a su prometida "¡Me estaba preguntando si te importaría mucho casarte conmigo!" Una rápida bajada al Memorial Hall dejando atrás la subida en caracol, y una nueva trepada, más dura aun que la anterior, para llegar al pico más alto de la carrera en la milla 10; los cruces de puentes y el subir y bajar se suceden repetidamente pero hasta la mitad de la prueba corro sin dolor alguno olvidando por completo lo ocurrido 7 días atrás, y como ya no debo guardarme para una siguiente maratón corro más relajado. Todo hasta que en el km. 30 se encienden todas las alarmas: voy muy bien de aire, mi cabeza iba feliz...pero mis piernas comienzan a pasar factura, ya voy casi por la milla 100 del total de mi periplo y siento que no hay músculo que no duela y que esté a punto de desgarrarse. Kely Drive, Falls Bridge, Ridge Avenue, Main Street...todo ahora pasa más lentamente y el final se hace desear. Faltando 3 millas escucho desde atrás "¡Charlie! ¿Sos vos?" Una chica que había estado el año pasado en el running team en el que yo entreno y que ahora vive en Filadelfia me reconoce y entabla una feliz y corta conversación conmigo (a la postre me escribiría agradeciéndome por la energía que le supuso encontrarse conmigo y que la llevó a correr más rápido sobre el final de la prueba). Recta final, la estatua de Rocky parece saludarme a los pocos metros, y las fanfarrias de la música de la película que me reciben emocionado y tras cruzar el arco el llanto ahogado se escapa recordándome tantos meses de tratamiento de la lesión y todo el esfuerzo llevado a cabo para levantar los brazos en ese lugar y saber que el logro se había consumado: 4 maratones en 3 semanas, y tras eso una sonrisa enorme de oreja a oreja, porque como lo pensé alguna vez "Al final de todo gran esfuerzo, te estará esperando una gran sonrisa".
Cualquier persona que se siente a escribir un relato sobre la peor carrera de su vida experimentará al menos dos sensaciones orales: el gusto amargo y el masticar bronca; sin embargo y teniendo en cuenta que la maratón de Brooklyn para mí no fue una suma de circunstancias sino que la carrera toda en sí fue una única anécdota convertida en el penúltimo peldaño de mi logro, ahora puedo contarlo con un esbozo de sonrisa en la comisura de mis labios. 

Se disputa en su totalidad dentro del bellísimo Prospect Park, un gigantesco espacio verde urbano ubicado en Brooklyn y diseñado por los mismos arquitectos (Olmsted y Vaux) que habían hecho lo propio con el Central Park. En ese momento de mis vacaciones yo me hospedaba en Williamsburg pero para llegar hasta el parque me tuve que tomar el Metro hacia Manhattan y desde allí combinar para volverme al propio Brooklyn donde vivía circunstancialmente, pero esta curiosidad no sería nada en comparación con lo que estaba por venir. 

Existen dos distancias: una corta de no más de 5 kms. sólo participativa y los 42 kms de la maratón, con la particularidad de que largamos todos juntos y al mismo tiempo. Primero se dan 2 vueltas a un lago pequeño (allí terminan los pocos inscriptos para la distancia corta) mientras que el resto debe continuar y hacer 7 vueltas más pero a un circuito bastante más grande, vistoso y duro. Yo había decidido retirar mi kit el mismo día de la carrera y al hacerlo una simpática muchacha me entrega un manojo con 9 gomitas (¡Sí, como las que se usan para los fajos de billetes!) y en forma muy práctica y ante mi incredulidad me dice "One lap ¡out! Two laps ¡out!" señalándose su muñeca y haciendo la mímica de un corredor que ante cada giro se quita una de esas gomitas para marcar la vuelta completada. Le agradecí y me fui riendo por lo bajo preguntándome si alguien en realidad las usaría, pero como me pareció una nota de color me las coloqué en mi muñeca derecha y me alisté en la línea de largada mirando de reojo como todos los demás corredores también tenían puestas las suyas. 

En los días previos a la carrera seguí con mis infinitas caminatas tan típicas de mis vacaciones (algunos prefieren estar todos los días tirados tomando sol y no hacer nada más que eso...¡yo no! Prefiero conocer, investigar, curiosear, ir y venir una y mil veces); lo que no hice fue el trote regenerativo puesto que el dolor del sóleo en el final de la maratón de Harrisburg no había cesado y prefería llegar a la carrera lo menos dolorido posible, así que esta era mi única incógnita segundos antes de comenzar mi tercer maratón en dos semanas. Tras entonarse el himno de los EE.UU. (se lo hace indefectiblemente antes del comienzo de cualquier evento deportivo, así que con tantas maratones corridas creo que un poco ya me lo he aprendido de memoria) se dió el orden de largada: "Three, two, one...¡Go, runners, go!". Sobre el segundo "go" mi dedo índice pulsó el botón de start del cronómetro, pero como si a un televisor de pronto se lo desenchufara mi reloj quedó con su pantalla totalmente negra. Los primeros 500 metros intenté reiniciarlo una y otra vez recordando perfectamente como la carga de la noche anterior me había marcado un 100%, pero todo fue en vano, debía correr una maratón sin reloj. El primer foco de alarma estaba encendido, ya que no sabría a qué ritmo iría corriendo, pero a medida que avanzaron las vueltas llegué casi al espanto al vislumbrar que no estaban marcadas ni las millas ni los kms durante el circuito, con lo que no sólo no sabría ni cuánto tiempo de carrera llevaría ni a qué ritmo lo hacía sino que además no tendría información de cuanto (mucho o poco) me faltaba para terminar la prueba ¡Y aquí sí pasaron a jugar un papel fundamental las 9 gomitas que llevaba en mi muñeca! En un principio fue fácil con las dos vueltas cortas, pero cuando se sucedieron las vueltas largas y en medio de todas las preocupaciones que cargaba comenzaron las dudas ¿Debo arrojarlas a la altura de la calle de salida o en la de entrada? Acabo de dar una vuelta...¿ya arrojé la gomita correspondiente y si tiro otra me estaré descontando una vuelta de más con lo cual me pueden descalificar por hacer un giro menos? ¿Y si no la tiro y termino dando una vuelta de más? ¿Cuando las haya tirado todas debo completar una vuelta más o en ese momento debo entrar a la calle de llegada de la prueba? Estas preguntas que suenan algo tontas, cuando estás corriendo una maratón y en donde las cosas no te están saliendo nada bien, pueden sobresaltar a cualquier corredor y hacerle las cosas mucho más difíciles. Y a propósito de dificultades y otras yerbas: ¡Yo no tomo geles! Mi alimentación de "corredor de montaña" me hace ingerir alimentos sólidos y cuando tengo que correr carreras de calle de más de 21 kms de extensión lo que hago es comer las frutas que me dan en los puestos que dispone la organización del evento... ¡Pues en esta maratón sólo hay hidratación! ¡Gatorade y agua, eso fue todo lo que consumí en aquellos 42 kms! O casi todo: cuando iban 3 horas desde el inicio de la competencia veo en el suelo una caramelo Gu que se le habría caído a otro corredor y sin dudarlo y por más poco higiénico que sea lo comí y fue el más rico que haya probado en toda mi vida (gusto de cereza para ser más exactos). ¿Y cómo supe que iban 3 horas de carrera? Porque mi reloj en algún momento y como Lázaro se levantó y anduvo, pero sólo como reloj y no el GPS, pero al menos me dejaba calcular cuánto tiempo hacía que estaba corriendo, que en condiciones óptimas y al conocer cada corredor su ritmo le permite aventurar un kilometraje aproximado, pero si llevás encima una contractura muy fuerte del cuádriceps izquierdo, el bendito sóleo se te puso como una piedra y la rodilla lesionada vuelve a decir presente, entonces ya no habrá cálculos posibles. 

Dejé para el final lo peor de esta carrera: ¡No hay llano ni nada recto! Se gira permanentemente (la mayoría de las veces en sentido anti horario) y se sube y se baja durante los 42 kms, a veces con desniveles apenas perceptibles y otras con empinadas lomadas que casi no diferencian a los que corren de los que las suben caminando. Seguramente muchos en mi lugar hubieran abandonado, pero no es mi estilo y la iba a terminar cualquiera fuera el costo a pagar. Cuando el reloj me marcó las 12:30 p.m. (o sea 4 hs de carrera) yo me arrastraba de dolor y arrojaba al aire la penúltima gomita que llevaba en la muñeca. ¿Entonces? ¿Debía dar toda esa vuelta y terminarla o me quedaría por dar otra vuelta más? Casi al finalizar ese giro y al visualizar a una chica de la organización que registraba el paso de cada corredor con una cinta en el suelo que tomaba el tiempo del chip, le explico rápidamente mi situación y tras consultar la pantalla de su PC me dice "esta es tu última vuelta, arrojás la última gomita y entrás por el callejón para terminarla". Le agradecí en inglés, en castellano y en varios idiomas más, y crucé el arco con esa música para mis oídos que fue el escuchar al presentador que por el micrófono y cual locutor en los grandes combates de boxeo en Las Vegas recitó (escrita la pronunciación literalmente): "And nauuuu, from Aryenchinaaaaaa, Carloooouuus Annnnndreadaaaaaa, congratuleiyons Carlous ". 

Tenía mi tercer medalla y mi tercer sonrisa, pero pensé que todo se había acabado; estaba muy dolorido y lesionado como para intentar correr otra maratón en 7 días...Filadelfia se veía muy lejos... 



Desde la Penn Station y en un tren de la empresa Amtrax llegaría en poco más de 3 horas de viaje hasta Harrisburg, la capital del estado de Pennsylvania. Luego de la maratón de New York mi semana en la Big Apple había transcurrido feliz, con el corazón contento y el cuerpo intacto, casi como si no hubiera corrido nada. El poco cansancio se manifestaba por mis tours diarios yendo de un lado al otro (en todo mi mes de vacaciones las caminatas promediaron entre 15 y 25 kms. por día, todos los días); alguien sostiene que la diferencia entre un turista y un viajero es que el turista viaja en taxi mientras que el viajero prefiere caminar o a lo sumo utilizar el transporte público y yo sin dudas de turista no tengo nada, si uno quiere de verdad conocer en esencia una ciudad debe caminarla. 

Tengo la fortuna de tener uno de los mejores entrenadores del país y este me había aconsejado entre carreras algún trote liviano 3 o 4 días posteriores a cada una de ellas así que a todo lo que había caminado le sumé un regenerativo por el hermosísimo Central Park, aprovechando que los días soleados del otoño hacían la experiencia mucho más agradable en medio del abanico de colores que su vegetación destilaba. 

No tenía conocimiento alguno sobre la maratón de Harrisburg pero lo que sí presumía es que sin dudas no podría siquiera compararse con el show neoyorquino, mas al menos intuía que lo positivo sería que no debería soportar tantos puentes y subidas y bajadas como el domingo anterior...¡Gran error! 

La noche anterior a la carrera y ya acostado desde temprano, comienza a sonar la alarma de incendios del hotel y con el susto encima bajo junto a decenas de huéspedes los nueve pisos por escaleras lo más rápido que puedo. Al llegar al lobby nos tranquilizan informándonos que fue una falsa alarma, y mientras los demás relajan sus rostros yo sólo pienso que si algo no necesitaba unas horas antes de correr una segunda maratón en una semana era esa cuota de adrenalina, durmiendo mal y subiendo y bajando nueve pisos por escaleras. La prueba comenzó puntual a las 8:00 a.m. desde City Island, una isla que se encuentra sobre el Susquehanna River, y tal como en New York lo primero que hacemos es cruzar un puente que en este caso nos saca de la isla y nos lleva por South Front street, hasta el segundo puente (¡Sí! ¡Dos millas y ya dos puentes!), el Harvey Taylor Bridge, que nos conduce hasta la parte continental de la ciudad. Foster street pasando junto al State Museum of Pennsylvania y una curva que nos deposita en la calle 7 resulta ser una larga y empinada trepada y ya en media hora de carrera hay algo que tengo muy claro: estoy ante una carrera igual o más dura que la de New York, y allí recuerdo un cartel que leí en la entrega de kits "Harrisburg Marathon, llamada la mini Boston". Al final de la calle Walnut se termina el asfalto y tras hacer algún km. junto al río subimos y bajamos varias veces en un terreno arenoso y en medio de un mini bosque. En ese tramo de la carrera parecía más una prueba de trail que una maratón de calle y eso me divierte mucho. Volvemos por una ruta y el regreso hacia City Island se hace ahora por otro puente para pasar cerca de la largada y tras algún giro salimos de la isla por un puente muy particular: el piso es todo un enrejado de acero, con lo cual uno puede ver el ancho río muchos metros por debajo de sus pies. ¡No apto para vertiginosos! Ya en la parte continental corremos por North Front street alejándonos del centro por barrios muy elegantes y tras girar en U, cerca de la milla 19, volvemos sobre nuestros pasos en dirección a la línea de meta. Por momentos se sube, por momentos se baja, y el primer llamado de atención de mi periplo ( km. 70 del total) lo experimento con un dolor en el sóleo derecho, el mismo lugar donde me había desgarrado un par de años antes, previo a correr la maratón de Berlín. El resto todo bien: la rodilla lesionada no duele, no estoy cansado, me sobra aire para llegar tranquilo y respetando a rajatabla el tiempo final buscado, sin acelerar. Bajamos a la costanera ya con un sol importante que eleva demasiado la temperatura, subimos de la costanera, últimos metros y el arco de llegada sobre la 2 Av. El reloj me marca 04:04, un minuto menos que 7 días antes en New York y eso significa que he llegado a la mitad del camino actuando en forma cerebral y sin salirme del libreto; para correr rápido ya habrá otras maratones, acá he venido para otra cosa. El sóleo es una incógnita y en 7 días la maratón de Brooklyn sería una verdadera prueba de fuego.
¡Todos tenemos un plan! Al menos si vamos a correr una maratón, y mucho más aún si vamos a correr 4 maratones en 3 semanas.

Charlie Andrada Maratón Nueva York

El hecho de compartir el vuelo y el hotel con muchos de mis compañeros de running team lo hizo todo en un principio muy ameno y divertido, incluso viviendo la fiesta del desfile de banderas que las delegaciones de todos los países realizan un par de días antes donde sería el lugar de llegada de la carrera. Sin embargo, rápidamente noté que los rostros, sensaciones y sentimientos eran diferentes: mientras los demás sabían que ese domingo 1° de noviembre dejarían absolutamente todo para hacer sus mejores marcas y al día siguiente se tomarían el avión de regreso, yo debía ser mucho más cauteloso y consciente que al día siguiente lo único que sabría es que mi carrera (y mis vacaciones) recién habían comenzado. Decidí mantener esta "locura" en el más absoluto de los secretos (sólo mis entrenadores lo sabían); era algo personal, mi rodilla y yo contra esas 4 carreras, nada más.
¿Y cuál era ese plan? Debía pensarla como una carrera en 4 partes, nunca en 42 kms. sino en los casi 170 kms. que debía recorrer. Para ello tenía que elegir un ritmo para ir muy holgado y terminar cada una de las "partes" lo más entero posible, pensando en cuidarme la rodilla lesionada y en las maratones por venir. Sin buscar tiempos, sobrado, pero tampoco paseando, claro. Teniendo en cuenta lo poco que había entrenado durante el año me pareció que 4 horas por carrera estarían bien, que podría disfrutar y llegar así al arco final de la última prueba en Filadelfia.

El día de la carrera, brillantemente organizada, llegamos muy temprano pues el bus nos llevó directamente a Staten Island  sin necesidad de subirnos al ferry, y cuando llegó la hora de que la segunda oleada del corralón azul escuchara el cañonazo de salida, la suerte ya estaba echada. El enjambre de corredores y la subida al Verrazano lo hacen al principio todo un poco lento, pero una vez que se lo abandona para entrar en Brooklyn y se empieza a disfrutar del millón y medio de personas que te alientan a tu paso a lo largo de los 42.195 mts. uno puede cometer el error de trasladar esa algarabía en mayor velocidad y así salirse de lo previamente estipulado. Todo es una fiesta pues los estadounidenses tienen muy claro que el deporte es un show, y así escuché hasta el cansancio a personas que me alentaban con el "go, Charlie, go" al ver la inscripción de mi nombre en la remera con la que corría, y "choqué los cinco" con la mano de cuanto niño me extendió la suya y canté cada tema interpretado por las bandas que tocaban al paso. Subimos por la tercera y luego la cuarta avenida y al llegar al km. 10 me quito los guantes porque todo el frío que suele hacer en esta prueba este año dijo ausente. Entre los kms. 15 y 20 y ya transitando por el coqueto Williamsburg noto que el pinchazo que me transmitía la rodilla en cada paso comienza a desaparecer y así llego a Queens y transito el duro Queensboro Bridge que te deposita en Manhattan con más ánimo aún, como si toda aquella fiesta no fuera motivo más que suficiente. Una larga embestida por la First Avenue hasta el puente que te cruza al Bronx y otro puente más hasta el Harlem  donde una banda me recibe con el tema de U2 que habla del ángel de ese barrio. De inmediato la parte más dura de la carrera con una larguísima trepada por la Quinta Avenida y paralelos al Central Park al que ingresamos subiendo y bajando y la emoción se hace total cuando visualizo varias banderas argentinas que me empujan con ese grito tan nuestro ¡ Vamo´ Argentina, carajo ! Central Park West, la llegada y una emoción contenida; acabo de ser parte de uno de los eventos deportivos más lindos del mundo. El reloj me marca el tiempo esperado, estoy intacto, nada de cansancio, nada de dolor, todo tal cual lo planeado.

Al día siguiente uno se pasea orgulloso por toda la ciudad con la medalla colgada y recibe
el "congratulations" de muchos desconocidos que lo ven a uno casi como un héroe.

Así, el lunes por la mañana en Times Squares presencié con mi presea el programa de t.v. Good Morning América que emite la cadena ABC y en donde estaba invitada una cantante que me encanta: Alanis Morisette. Ella, quien ya corriera la maratón de New York un par de veces, al pasar a mi lado tomó mi medalla, la miró, me miró a los ojos y con la más bella sonrisa me felicitó con un "Good job" que jamás olvidaré. Pero esto, esto recién comenzaba, pues la maratón de Harrisburg ya me tenía asignado mi dorsal.



Charlie, un verdadero Runner Viajero, corrió en solo 21 días nada menos que 4 maratones... Nueva York, Philadelphia, Brooklyn y Harrisburg. Acá nos cuenta cómo emprendió semejante locura:

 

 Algunos años atrás pensé esta frase: "Después de todo gran esfuerzo te estará esperando una gran sonrisa"...


Amo correr, como muchos, como pocos. Pero lo que más amo es correr en la montaña, donde me siento más feliz y para lo que tengo mejores condiciones. Esto me llevó hace poco más de un año atrás a Italia y a Tor Des Geants, la carrera de montaña más difícil del mundo. Su hostilidad y 330 kms. fueron motivos más que suficientes para que una de mis rodillas claudicara y me dejase con una lesión que ya lleva todo este tiempo, desde aquel día a la fecha. Nada demasiado importante puesto que no había rupturas ni quirófanos a la vista, todo demasiado importante si uno por ello tiene que dejar de correr. Correr duele, pero no hacerlo por una lesión duele mucho más. Durísimos meses de tratamientos, pinchazos, estudios e ir a entrenar y no poder hacerlo. Dolor, mucho dolor. Físico y mental. Y el adiós a mi objetivo del 2015 de correr 240 kms. en Nepal. Sin embargo, cuando el dolor comenzó a ceder y me permitió correr en el llano apareció algo sobre el horizonte: mis entrenadores y casi 50 compañeros de mi running team se iban a correr la maratón de New York, así que agarré el calendario que cruelmente me fuera marcando los meses de "corredor pasivo" y sobre el mes de noviembre crucé en fibrón rojo la palabra "vacaciones". El vicio de runner viajero me hizo saber de antemano que apenas llegara a la Big Apple correría la maratón de la ciudad, pero el fin de semana antes de regresar a la Argentina estaba otra importantísima maratón como es la de Filadelfia...¡Entonces que sean dos! Mientras buscaba alojamiento y decidía que una de las semanas me hospedaría en el pintoresco barrio de Williamsburg, compruebo que el domingo de esa semana y a no muchas cuadras de allí se realizaba la maratón de Brooklyn...no puedo estar allí y no correrla ¡Que sean tres! Tanto tiempo lesionado pareciera haber afectado también algo de mi sensatez y cordura puesto que ahora mis ojos veían que entre New York y Brooklyn me quedaba un domingo libre ( ¿No se supone acaso que estando de vacaciones uno tiene todos los días -domingos incluidos- libres? ); entonces el movimiento vertiginoso que seguiría era colocar la pieza de ajedrez en el casillero vacío y así hurgar en el infinito calendario de carreras que el gran país del norte presenta y ver si alguna maratón encajaba con ese día. No sé si la reina gritó jaque mate o bingo, pero sí sé que el monitor se iluminó y me devolvió la imagen de una maratón que se corría en la ciudad de Harrisburg, a sólo 3 hs. de tren de New York.


Serían 4 maratones en 3 semanas, 4 domingos consecutivos y en medio de mis vacaciones y además con una lesión no del todo resuelta. Una verdadera locura que se profundiza más aún teniendo en cuenta la dificultad que las mismas a la postre presentarían; nada de la planicie porteña, todo lo contrario, una veintena de puentes y cientos y cientos de pendientes para subir y bajar elevados a la máxima potencia.


Cada carrera, como cada corredor, son historias únicas e indivisibles, y yo escribiría las propias para ir a buscar aquella gran sonrisa que me estaría esperando.


La desarrolladora inmobiliaria TGLT celebra sus primeros 10 años e invita a participar de una carrera de 10km, 3km y 1km Kids que se llevarán a cabo el domingo 13 de diciembre en Puerto Madero, a las 8.30 AM. El punto de encuentro será en Julieta Lanteri y Encarnación Ezcurra. Además el kit de la carrera incluirá la remera oficial de ASICS.


Luego de estas carreras, todas aquellas personas que participen podrán disfrutar de un familyday en un espacio al aire libre, con actividades para niños, sorteos y la musicalización de la reconocida DJ SRZ.



“Para celebrar los 10 años de TGLT pensamos que era importante hacer algo más inclusivo para la familia de TGLT que involucra a clientes, proveedores, propietarios; y, por ello, elegimos, en esta oportunidad, hacer una carrera. Que se realice en Puerto Madero significa mucho para TGLT, dado que es el barrio donde desarrollamos nuestro primer proyecto, Forum Puerto Madero, considerado nuestra piedra fundacional. Estamos felices por estos 10 años, pero principalmente por compartir este momento con nuestros empleados, proveedores y amigos”, aseguró Federico Weil, presidente de TGLT.



La carrera, organizada por la empresa de running 5 Yardas, contará con un circuito certificado de 10Km y 3Km para corredores entrenados, además de una carrera de 1Km Kids donde los niños también serán protagonistas de la fecha y podrán correr a la par de sus padres. 



Todos los interesados podrán inscribirse en www.tglt.com/maraton
Lugar: Julieta Lanteri y Encarnación Ezcurra, Puerto Madero
Horario de largada: 08:30 hs.
Fecha de inscripción: hasta agotar cupos

Costo de inscripción: $ 250.-
 

Siempre digo que cada maratón está llena de historias. En Mar del Plata tuvimos la suerte de conocer a Craig, un canadiense que está cumpliendo el sueño de recorrer el mundo corriendo un maratón por continente y eligió el Maratón de Mar del Plata en Sudamérica:


Después una vida entera corriendo y un descanso de 18 años de correr maratones, a principios de este año decidí que sería un interesante objetivo en la vida correr un maratón en cada continente. Mi hijo Bob pensó que sería una interesante forma de ver el mundo, así que juntos estamos recorriendo el mundo para cumplir nuestra misión.




               Este año nos centramos en América del Norte (Canadá) y América del Sur (Argentina), 2016 va a ser Europa (Rusia) y África (Marruecos), en 2017 vamos a estar en Australia y Asia y, finalmente, en el año 2018 vamos a volver a Argentina (Tierra del Fuego) y los viajes en barco a la Antártida para completar nuestro viaje. Damos la bienvenida a cualquier persona que esté interesada en unirse a nosotros.

               El maratón en Mar del Plata fue uno de los mejores que he estado en todos estos años. Para empezar, estaba muy concurrido y bien atendido por los organizadores. El curso fue muy difícil, con más de 500 metros de cambios de elevación a través de la ruta de 21,1 kilometros (que se repitió dos veces). La última colina antes de la línea de llegada fue durisima. También el viento y la temperatura que fueron subiendo a través de la mañana, exigieron más esfuerzo para superar el desafio. Gracias a los organizadores, había un montón de agua, Gatorade, aspersores, bananas y los gajos de naranja disponibles para ayudarnos a llegar a la línea de meta. En general, fue una experiencia muy positiva, bien vale la pena hacerla y definitivamente vale la pena el viaje.

               A través de Garmin Connect pudimos conectar con algunas personas en Argentina. Una de estas conexiones se anotó para el medio maratón y nosotros tuvimos la suerte de conocer a él y su familia mientras estábamos en Mar del Plata. Una familia increíble que nos hicieron sentir como en casa. Una experiencia que nunca olvidaremos.

               Nuestra próxima parada es San Petersburgo (Rusia), donde vamos a encontrarnos con mi hija mayor, que vive y trabaja allí. Y luego a correr The White Nights Marathon el 26 de junio 2016 (invitamos a quien quiera a unirse!)
 

Craig

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