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Viajar para correr es un doble premio que nos da la vida.

Amo Montevideo y es raro que recién ahora haya descubierto su maratón. 


Lugar conocido, amado, deseado, disfrutable. Todo eso hice en unas 36 horas, desde que sonó el despertador temprano el sábado y volver el domingo por la noche con otra maratón internacional en la mochila.

Pero eso no fue todo, todo es la gente. Uruguay tiene su gente, esa maravilla de personas cálidas, reflexivas, conversadoras, divertidas, talentosas y profundas con quienes cada simple instante de la vida es una delicia (también habrá de los otros, ellos insisten en que los hay, pero yo no los veo).

Pasa, dicen ellos, que los argentinos queremos a los uruguayos más de lo que se merecen y ellos mismos se quieren. No sé, ¿cuál es el “meresómetro” del amor?

Llegar a media mañana a Montevideo del sábado, recorrer el Mercado del Puerto y ver cargar sus parrillas, postergar el pecado carnal inevitable para el mediodía e ir a buscar el dorsal a la Intendencia. La largada y llegada serían desde la Intendencia y el Palacio Legislativo.

Sentado, disfrutando de la expo me encuentro a Silvio Baravelli, un italiano de Milán de 72 años que conocí el año pasado en la Maratón Binacional, Salto-Concordia. Silvio posee la friolera de 240 maratones corridas, 24 Ultramaratones y 12 de más de 100km. Vive viajando y corriendo, paramédico y profesor universitario jubilado, disfruta de la maratón, del correr como nada en el mundo. Conversamos un rato, nos convida unos caramelos de regaliz y nos cuenta sus planes inmediatos: maratón de Mendoza el 1 de mayo, y en Lima –el 15 de mayo- nos volveremos a ver. El año pasado le preguntamos qué hacía falta para correr tantas maratones, “le primo, tener saldo en la cartolina”(tarjeta de crédito) y pasión por correr agrego yo.

Mediodía de parrilla en el Puerto, MedioyMedio, postre Massini con crema y luego siesta. Una pasta liviana (ma non troppo) de cena, dormir temprano, todo listo para mañana.  

Único corredor en la largada.

Tomo el colectivo en plena noche, madrugada del domingo, para llegar con tiempo a la Intendencia, precalentar –poco- y formar parte de la feliz largada. Llego con tiempo de sobra y me asombro al ser el único corredor a la vista. El arco de largada, las vallas, todo estaba siendo aprontado. Me extraña, jamás me pasó esto. A tan poco tiempo de la largada soy el único corredor a la vista. Quizá haya llegado mi posibilidad de ganar esta maratón, finalmente.

Dudo luego existo.

A lo lejos alguien con aspecto de corredor ata su bicicleta a un poste. Pregunto y no, no era la largada allí sino la llegada. La largada sería desde el Palacio Legislativo, a unas 10 cuadras de allí donde él, Alejandro luego me enteré, iría precalentando. Fuimos juntos contándonos las vicisitudes del correr en Argentina y Uruguay. Nos despedimos al llegar a los corrales de largada, llenos de gente. Viendo la multitud comprendí que perdí la posibilidad –si es que alguna vez la tuve- de ganar una carrera.  

Todas las largadas son eufóricas, hermanan a los participantes. Son cientos, miles de almas vibrando en conjunto. Meses, años de entrenamiento puestos ahí, codo a codo somos mucho más de 2000 corredores (Benedetti inexcusable), algo menos de la mitad para la maratón, el resto para la media.

Salimos, una corta vuelta por el centro, la ciudad vieja y la costanera frente al mar.

¿Es mar?

Si está frente a Buenos Aires, es río.

¿Es río?

Es bello, eso seguro.

Es un estuario, una avanzada del mar en un río ancho.

Las zonas costaneras de las grandes ciudades tienen algo cuidado, delicado donde –como siempre- viven bien los que viven mejor. Salvo Buenos Aires que hasta el descubrimiento de Puerto Madero siempre dio la espalda al río como rechazando nuestro origen, nuestros pueblos originarios –mayormente- vienen allende los mares.

Así, con estas reflexiones, iban pasando los kilómetros.

Con mi camiseta de Argentina/Correrayuda recibo algún que otro (menos que en otros lados) aliento, observaciones sobre mi grupo de entrenamiento (merecido reconocimiento a Marcelo Perotti) y escucho sobre si no sería (yo) uno de los de La Rosadita. Horrorizado con este nuevo referente del ser nacional no hago más que incrementar mi velocidad hacia el olvido.

Un joven e inexperto uruguayo con una inscripción en la espalda que indica que va por su primera media maratón. Le advierto sobre los riesgos de la actividad, la dificultad de salir. Es preferible, menos riesgoso le digo, entrar en las drogas que en el correr. Si uno entra en las drogas hay granjas de rehabilitación y todos quieren que dejes, mientras que en el correr una vez que se entra es imposible salir, todos quieren que sigas, te alientan a más y más kilómetros. No me creyó.

Pasando el km 11 en el tiempo previsto está Cristina, me saluda y saca fotos. Nos veremos dentro de 20km. En poco menos de un km es el retome de los corredores de media maratón, me despido del uruguayo debutante hasta la maratón del año que viene donde seguro correremos ambos, felizmente, la distancia total.

Quedamos solos, mi alma, raleados los maratonistas con el Océano Atlántico a nuestra derecha como lujo particular y una pequeña subida. Un Museo de la Marina y el cementerio a nuestra izquierda.

Un (otro) joven debutante en la distancia me cuenta –sin que le pregunte- que va lento porque se lesionó hace poco y que el médico se negó a infiltrarlo, que hace seis meses que corre, es un runner, ya corrió dos media maratones y ahora ésta, pero tiene problemas con la rodilla, ligamentos cruzados.

Llegamos al retome del km 21 junto al remodelado Hotel Carrasco donde un arco de llegada confunde junto a carteles luminosos que indican que ya hemos ganado, mi vasta experiencia en maratones –esta mi vigésimo sexta- me confirma que no hemos ganado, ni llegado; apenas estamos en la mitad, la mitad fácil y amable.

Ganar, sí he ganado al ser parte de la largada, estar en la largada bien entrenado es ganar.

Al pegar la vuelta termina el fuerte viento en contra y  comienza lo difícil, segunda mitad con viento a favor. Como sea, aún en bajada, la segunda mitad es siempre más dura.

Unos pocos kilómetros más allá diviso al tano Silvio, me cruzo de carril y nos despedimos hasta Lima en poco más de un mes.  

En el kilómetro treinta no había un muro, nunca lo hubo. Sí hay temores, un chiquilín (joven uruguayo) confiesa estar entrando en terreno desconocido, que nunca en su vida había corrido más que treinta. Le advierto –por eso de mi vasta experiencia- que en el abra allá adelante, a partir de una curva hacia poniente, el mundo se acaba. Los cuatro elefantes apoyados sobre la tortuga hacen caer a los maratonistas que se aventuren a tal desatino.

Luego –comprobamos ambos- ni Colón ni los maratonistas caímos.

Después del kilómetro 32 empiezo a pensar en las distancias, los recorridos archiconocidos. Dividir la distancia restante en tantas vueltas a Palermo, una vuelta al Aeroparque. Al final siempre se hace largo, aquí aparecen los amigos que hacen de apoyo.

En el km 34 Cristina vuelve a aparecer, le hago morisquetas para la foto pareciendo fresco, divertido y entero.

Pareciendo entero, divertido y fresco.

Un ciclista parecido a mi (anteojos, pelo canoso, fifty something) que acompañaba a su hija me alienta, pregunta como estoy, halaga lo bien que estoy para mis más de sesenta años. Advertido por mi cara de evidente disgusto, le digo –creo que puteándolo- que tengo 57 (y la diferencia es abisal). Se disculpa y escapa raudo con su bici antes que lo trompee.

Un impecable –y algo petiso- atleta; corre y camina con su acompañante quejándose de su infeliz rendimiento, días son días, lamenta al pasar bajo el puente del Parque Rodó cuando ya no faltaba nada, solo cuatro infinitos kilómetros habiendo hecho casi cuarenta. Esa diferencia entre el enorme logro y lo que falta es algo que al final del esfuerzo no se ve.

Una gacela, joven uruguaya rubia, longilínea y concentrada me supera grácil y decidida en la cuesta de subida final –no me molesta que bellas jóvenes me superen- en el kilómetro 40 hacia la Ciudad Vieja desde donde bordearíamos la Plaza para tomar el último km por la 18 de Julio hasta la llegada en –precisamente- la Intendencia que me vio solitario hace cuatro horas veinte minutos y veinticinco segundos.

Faltando cien, doscientos metros, un pasillo de pacientes y aburridos amigos, parientes, mejor entrenados espera a los suyos (no a mí), ante su silencio –ignorancia completa- un par de morisquetas bastaron para que todos, todos me empezaran a aplaudir, a alentar como si fuera su ídolo máximo el que pasaba.

Feliz, feliz nuevamente paso la línea de llegada; la que yo creí que era de largada.

Pasan cosas lindas cuando uno viaja para correr.

El mal clima no desalentó a los más de 7.000 competidores que, bajo la lluvia, compartieron su pasión por el running, confirmando que FILA RACE es una de las competencias imperdibles del calendario deportivo.
A las 8.30 en punto, con la conducción y el aliento de Horacio Cabak y Soledad Villareal, los runners largaron desde las calles Julieta Lanteri y Rosario Vera Peñaloza de Puerto Madero, con el objetivo de recorrer un circuito de 10 kilómetros bajo un imponente, y más gris que nunca, paisaje arquitectónico.

A pesar de la incipiente lluvia, acompañantes y medios de prensa de todo el país, animaron a los atletas a lo largo de todo el circuito, pero ovacionando más que nunca al joven corredor de Balcarce, Agustin Cichilitti, el primero en llegar. Con 26 años, Cichilitti es uno de los recientes incorporados atletas FILA; en el 2015 llegó en tercer lugar, mientras que en esta edición cruzó la meta con un tiempo de 30m21s. Escoltando al nuevo campeón, llegó Gustavo Fernández (30m48s); seguido por Ulises Sanguinetti, atleta FILA que ocupó el tercer lugar del podio, con una marca de 31m00s.

Entre las Damas, la competidora tucumana y Campeona Nacional de los 5000m, María Ovejero llegó en 35m06s. En el podio la secundó la sanjuanina y atleta FILA, Viviana Chávez, recientemente clasificada para los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro, en Maratón. El tercer lugar fue para la tandilenses Luján Urrutia (35m49s).

Entre miles de atletas elite y amateurs, destacadas celebrities estuvieron presentes, como las actrices Julieta Prandi, Eva de Dominici y Mercedes Oviedo; las modelos y conductoras Paula Morales y Pia Shaw; y la periodista y panelista Carla Czudnowsky, además del conductor Dario “Rulo” Schijman junto a su novia, la actríz Gabriela Sari, entre otros.

El evento estuvo musicalizado por la banda de covers SoWhat!; mientras que al finalizar la carrera, los ganadores recibieron productos FILA como premio, y todos los corredores participaron de un espectacular sorteo por un viaje a Brasil, para dos personas, y el sponsoreo de FILA por un año.

Las redes sociales también tuvieron su lugar, con diversos backs de fotos y grabación de videos, que serán subidos a Facebook, Twitter y Youtube. La solidaridad y el compromiso con el cuidado del medio ambiente tuvieron su lugar, ya que al inscribirse cada participante pudo elegir y donar una parte de lo recaudado entre tres ONGs: Hospice San Camilo (www.hospicesancamilo.org.ar), Fundación Asemco (www.fundacionasemco.org) y Fundación Grano de Mostaza (fundaciongdm.org.ar). Además, FILA junto a Gatorade propusieron el simple hecho de juntar todas las botellas y tapitas utilizadas en la carrera, para ser recicladas y así colaborar con la Fundación Reciduca (www.fundacionreciduca.org.ar) que acompaña a jovenes a finalizar sus estudios secundarios. 

Mayca Gowland, Gerente de Sportmarketing de Dass, afirmó: “Estamos muy orgullosos de esta carrera que viene creciendo año tras año, posicionándose en el circuito como la mejor carrera de 10K. Agradezco a quienes nos acompañaron hoy, a pesar del mal clima, y esperamos reencontrarnos el año que viene en nuestra 8ª edición”.

De esta manera, y una vez más, FILA reafirma su posicionamiento en el running y su compromiso con el deporte.


Clasificación de FILA RACE

GENERAL DAMAS
1.    Maria Ovejero: 35:06
2.    Viviana Chavez: 35:30
3.    Lujan Urrutia: 35:49

GENERAL CABALLEROS
1.    Agustin Cichilitti: 30:21
2.    Gustavo Fernández: 30:48
3.    Ulises Sanguinetti: 31:00

Clasificación completa en www.filarace.com.ar

"A PARÍS VOLVERÉ A CORRER LA MARATON"

Me dije en 2012 cuando visite la capital francesa por primera vez 

Es una ciudad única que me pareció un hermoso desafío recorrerla corriendo.

Primero fue un deseo, y con el tiempo se materializó en realidad. 16 amigos AZ's nos anotamos y vinimos a correr desde Argentina.



La Expo es inmensa. Muy organizada y con varios controles de seguridad que se reforzaron en toda la ciudad luego de los atentados de Noviembre pasado. Las marcas más importantes tienen un lugar grande donde ofrecen de todo y un pabellón igual de grande pero con otro tipo de productos hacen que nada tenga que envidiarle a ninguna de las mayors (según varios que corrieron NY).

La carrera es lindisima. Recorre gran parte de la ciudad y el circuito hace que uno pierda el foco más de una vez mirando para los costados. La ciudad es una fiesta. Todo el mundo en la calle alentándote. Pero también todo lo que tiene de lindo, lo tiene de dura. Bastante desnivel, y por momentos se angosta mucho el circuito y se hace difícil correr amontonados. 

Correr un Maratón no es nada fácil. Son 42 km 195 mts. Prepararse, representa muchos meses de compromiso y sacrificio para con el duro y exigente entrenamiento. Quienes nos embarcamos en esta aventura dedicamos gran parte de nuestro tiempo libre a entrenarnos, quitandoselo muchas veces a nuestros Amigos y Familia. 

No tengo dudas de que correr largas distancias es un deporte de equipo. Sería muy pero muy difícil hacerlo solo. Por eso haberlo entrenado y venido con gran parte de nuestro querido AZ Team Amigos & Running hace que todo sea más fácil. AZ es mucho más que un Running Team. 

La de hoy, mi 5ta Maraton quisiera compartirla con todos aquellos que quisieran estar corriendo y por la razón que fuera no pueden hacerlo. Especialmente con mi amigo Walter Rafael Giménez, Rafita, que se está recuperando de una lesión. Lo esperamos pronto corriendo con la AZ por las calles de Palermo. Mi medalla es para vos!

Gracias París. Me llevo un recuerdo lindismo y un sueño cumplido de correrte de punta a punta

Correr un Maratón no es nada fácil. Son 42 km 195 mts .... es por esto que me gusta tanto. 

Y un día, a París volví, y corri la Maraton.
Y fui feliz.



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