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Crónicas: Maratón Montevideo (por Fernando Vilardebo)



By  Pablo Di Corrado     9:14    Etiquetas:,,, 

Viajar para correr es un doble premio que nos da la vida.

Amo Montevideo y es raro que recién ahora haya descubierto su maratón. 


Lugar conocido, amado, deseado, disfrutable. Todo eso hice en unas 36 horas, desde que sonó el despertador temprano el sábado y volver el domingo por la noche con otra maratón internacional en la mochila.

Pero eso no fue todo, todo es la gente. Uruguay tiene su gente, esa maravilla de personas cálidas, reflexivas, conversadoras, divertidas, talentosas y profundas con quienes cada simple instante de la vida es una delicia (también habrá de los otros, ellos insisten en que los hay, pero yo no los veo).

Pasa, dicen ellos, que los argentinos queremos a los uruguayos más de lo que se merecen y ellos mismos se quieren. No sé, ¿cuál es el “meresómetro” del amor?

Llegar a media mañana a Montevideo del sábado, recorrer el Mercado del Puerto y ver cargar sus parrillas, postergar el pecado carnal inevitable para el mediodía e ir a buscar el dorsal a la Intendencia. La largada y llegada serían desde la Intendencia y el Palacio Legislativo.

Sentado, disfrutando de la expo me encuentro a Silvio Baravelli, un italiano de Milán de 72 años que conocí el año pasado en la Maratón Binacional, Salto-Concordia. Silvio posee la friolera de 240 maratones corridas, 24 Ultramaratones y 12 de más de 100km. Vive viajando y corriendo, paramédico y profesor universitario jubilado, disfruta de la maratón, del correr como nada en el mundo. Conversamos un rato, nos convida unos caramelos de regaliz y nos cuenta sus planes inmediatos: maratón de Mendoza el 1 de mayo, y en Lima –el 15 de mayo- nos volveremos a ver. El año pasado le preguntamos qué hacía falta para correr tantas maratones, “le primo, tener saldo en la cartolina”(tarjeta de crédito) y pasión por correr agrego yo.

Mediodía de parrilla en el Puerto, MedioyMedio, postre Massini con crema y luego siesta. Una pasta liviana (ma non troppo) de cena, dormir temprano, todo listo para mañana.  

Único corredor en la largada.

Tomo el colectivo en plena noche, madrugada del domingo, para llegar con tiempo a la Intendencia, precalentar –poco- y formar parte de la feliz largada. Llego con tiempo de sobra y me asombro al ser el único corredor a la vista. El arco de largada, las vallas, todo estaba siendo aprontado. Me extraña, jamás me pasó esto. A tan poco tiempo de la largada soy el único corredor a la vista. Quizá haya llegado mi posibilidad de ganar esta maratón, finalmente.

Dudo luego existo.

A lo lejos alguien con aspecto de corredor ata su bicicleta a un poste. Pregunto y no, no era la largada allí sino la llegada. La largada sería desde el Palacio Legislativo, a unas 10 cuadras de allí donde él, Alejandro luego me enteré, iría precalentando. Fuimos juntos contándonos las vicisitudes del correr en Argentina y Uruguay. Nos despedimos al llegar a los corrales de largada, llenos de gente. Viendo la multitud comprendí que perdí la posibilidad –si es que alguna vez la tuve- de ganar una carrera.  

Todas las largadas son eufóricas, hermanan a los participantes. Son cientos, miles de almas vibrando en conjunto. Meses, años de entrenamiento puestos ahí, codo a codo somos mucho más de 2000 corredores (Benedetti inexcusable), algo menos de la mitad para la maratón, el resto para la media.

Salimos, una corta vuelta por el centro, la ciudad vieja y la costanera frente al mar.

¿Es mar?

Si está frente a Buenos Aires, es río.

¿Es río?

Es bello, eso seguro.

Es un estuario, una avanzada del mar en un río ancho.

Las zonas costaneras de las grandes ciudades tienen algo cuidado, delicado donde –como siempre- viven bien los que viven mejor. Salvo Buenos Aires que hasta el descubrimiento de Puerto Madero siempre dio la espalda al río como rechazando nuestro origen, nuestros pueblos originarios –mayormente- vienen allende los mares.

Así, con estas reflexiones, iban pasando los kilómetros.

Con mi camiseta de Argentina/Correrayuda recibo algún que otro (menos que en otros lados) aliento, observaciones sobre mi grupo de entrenamiento (merecido reconocimiento a Marcelo Perotti) y escucho sobre si no sería (yo) uno de los de La Rosadita. Horrorizado con este nuevo referente del ser nacional no hago más que incrementar mi velocidad hacia el olvido.

Un joven e inexperto uruguayo con una inscripción en la espalda que indica que va por su primera media maratón. Le advierto sobre los riesgos de la actividad, la dificultad de salir. Es preferible, menos riesgoso le digo, entrar en las drogas que en el correr. Si uno entra en las drogas hay granjas de rehabilitación y todos quieren que dejes, mientras que en el correr una vez que se entra es imposible salir, todos quieren que sigas, te alientan a más y más kilómetros. No me creyó.

Pasando el km 11 en el tiempo previsto está Cristina, me saluda y saca fotos. Nos veremos dentro de 20km. En poco menos de un km es el retome de los corredores de media maratón, me despido del uruguayo debutante hasta la maratón del año que viene donde seguro correremos ambos, felizmente, la distancia total.

Quedamos solos, mi alma, raleados los maratonistas con el Océano Atlántico a nuestra derecha como lujo particular y una pequeña subida. Un Museo de la Marina y el cementerio a nuestra izquierda.

Un (otro) joven debutante en la distancia me cuenta –sin que le pregunte- que va lento porque se lesionó hace poco y que el médico se negó a infiltrarlo, que hace seis meses que corre, es un runner, ya corrió dos media maratones y ahora ésta, pero tiene problemas con la rodilla, ligamentos cruzados.

Llegamos al retome del km 21 junto al remodelado Hotel Carrasco donde un arco de llegada confunde junto a carteles luminosos que indican que ya hemos ganado, mi vasta experiencia en maratones –esta mi vigésimo sexta- me confirma que no hemos ganado, ni llegado; apenas estamos en la mitad, la mitad fácil y amable.

Ganar, sí he ganado al ser parte de la largada, estar en la largada bien entrenado es ganar.

Al pegar la vuelta termina el fuerte viento en contra y  comienza lo difícil, segunda mitad con viento a favor. Como sea, aún en bajada, la segunda mitad es siempre más dura.

Unos pocos kilómetros más allá diviso al tano Silvio, me cruzo de carril y nos despedimos hasta Lima en poco más de un mes.  

En el kilómetro treinta no había un muro, nunca lo hubo. Sí hay temores, un chiquilín (joven uruguayo) confiesa estar entrando en terreno desconocido, que nunca en su vida había corrido más que treinta. Le advierto –por eso de mi vasta experiencia- que en el abra allá adelante, a partir de una curva hacia poniente, el mundo se acaba. Los cuatro elefantes apoyados sobre la tortuga hacen caer a los maratonistas que se aventuren a tal desatino.

Luego –comprobamos ambos- ni Colón ni los maratonistas caímos.

Después del kilómetro 32 empiezo a pensar en las distancias, los recorridos archiconocidos. Dividir la distancia restante en tantas vueltas a Palermo, una vuelta al Aeroparque. Al final siempre se hace largo, aquí aparecen los amigos que hacen de apoyo.

En el km 34 Cristina vuelve a aparecer, le hago morisquetas para la foto pareciendo fresco, divertido y entero.

Pareciendo entero, divertido y fresco.

Un ciclista parecido a mi (anteojos, pelo canoso, fifty something) que acompañaba a su hija me alienta, pregunta como estoy, halaga lo bien que estoy para mis más de sesenta años. Advertido por mi cara de evidente disgusto, le digo –creo que puteándolo- que tengo 57 (y la diferencia es abisal). Se disculpa y escapa raudo con su bici antes que lo trompee.

Un impecable –y algo petiso- atleta; corre y camina con su acompañante quejándose de su infeliz rendimiento, días son días, lamenta al pasar bajo el puente del Parque Rodó cuando ya no faltaba nada, solo cuatro infinitos kilómetros habiendo hecho casi cuarenta. Esa diferencia entre el enorme logro y lo que falta es algo que al final del esfuerzo no se ve.

Una gacela, joven uruguaya rubia, longilínea y concentrada me supera grácil y decidida en la cuesta de subida final –no me molesta que bellas jóvenes me superen- en el kilómetro 40 hacia la Ciudad Vieja desde donde bordearíamos la Plaza para tomar el último km por la 18 de Julio hasta la llegada en –precisamente- la Intendencia que me vio solitario hace cuatro horas veinte minutos y veinticinco segundos.

Faltando cien, doscientos metros, un pasillo de pacientes y aburridos amigos, parientes, mejor entrenados espera a los suyos (no a mí), ante su silencio –ignorancia completa- un par de morisquetas bastaron para que todos, todos me empezaran a aplaudir, a alentar como si fuera su ídolo máximo el que pasaba.

Feliz, feliz nuevamente paso la línea de llegada; la que yo creí que era de largada.

Pasan cosas lindas cuando uno viaja para correr.

About Pablo Di Corrado

Soy Diseñador Gráfico de la UBA y corredor amateur desde 2008. Maratonista desde Buenos Aires 2011. Me enamoré de la distancia y sueño con recorrer el mundo de maratón en maratón. Mi primer gran objetivo es correr las 6 World Marathon Majors. En 2016 entré por sorteo y corrí el Maratón de New York, en 2017 tuve la misma suerte para el Maratón de Berlín donde clasifiqué con mi tiempo para correr en 2018 en Chicago.

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